¿ES POSIBLE ENFRENTAR LA MUERTE?

María Cristina Moya S., Psicóloga clínica de adultos, Universidad Católica de Chile, y con diversas formaciones en Chile y Estados Unidos en mindfulness.

La inevitabilidad de la muerte la convierte en prácticamente la única certeza que tenemos los seres humanos en nuestra vida. Sin embargo, nuestra cultura actual la niega, en parte producto de los avances de la ciencia y tecnología que nos prometen inconscientemente la “inmortalidad” y también, porque tenemos una visión como sociedad en la que el confort y el bienestar sería un derecho adquirido y que no tendría límites de edad ni de circunstancias. Aquí hay una fantasía que el sufrimiento hay que evitarlo, que no debería formar parte de nuestra vida.

Y esta negación y fantasías en las que nos escudamos solo dificultan nuestro encuentro con la muerte. Cuando aparece, como nunca lo hemos conversado ni nos hemos preparado, nos consume el miedo y la angustia.

La conocida autora Elizabeth Kübler-Ross señala cinco fases por las que atravesaríamos al saber que vamos a morir (que son las mismas del duelo), las que no necesariamente se presentan en este orden o se completan todas, e incluso a veces se repiten. Saberlas, simplemente nos ayuda a comprender – en parte –  el proceso por el cual estamos atravesando.

 Negación

Ayer nos sentíamos bien, y hoy un chequeo o examen médico nos informa que estamos aquejados de una enfermedad incurable. La primera reacción que mostramos es negar la realidad de la situación. Muchos suelen pensar: “Esto no está pasando, esto no me puede estar pasando”. Surge con fuerza la esperanza de sanar. Es una reacción normal y una manera de racionalizar las emociones abrumadoras. Es un mecanismo de defensa que amortigua el impacto inmediato de la noticia o diagnóstico. Esta es una respuesta temporal que nos lleva a través de la primera oleada de dolor. Sin embargo, también hay personas que fallecen en estado de negación, y como familia y profesionales, los acompañamos respetando el estado en que se encuentran.

Ira

A medida que los efectos de la negación comienzan a desgastarse, la realidad y el dolor afloran. La intensa emoción de dolor se desvía, reorientándose, y se expresa de manera contradictora en forma de ira. El enojo puede estar dirigido a extraños, a los profesionales a cargo del enfermo, a amigos o familiares, quienes no debieran tomarlo a título personal.

Negociación

Esta es una reacción normal a los sentimientos de impotencia y vulnerabilidad, es a menudo una necesidad de recuperar el control. En secreto, podemos hacer un trato con Dios o nuestro poder superior, o “mandas” en un intento de posponer lo inevitable. Esta es una línea defensa para protegernos de una realidad dolorosa.

Depresión

Hay una reacción a las implicaciones reales relacionadas con la muerte, por dejar a nuestros seres queridos. La tristeza y el pesar predominan en este tipo de depresión. Nos preocupamos por los costos, por el entierro… Nos preocupa también que, a nuestro pesar, hemos pasado menos tiempo con otras personas que dependen de nosotros, surgen nuestros arrepentimientos y temas no resueltos.

Aceptación

La muerte puede ser repentina e inesperada, y nos parece que jamás podremos ver más allá de nuestra ira o negación. No es necesariamente un signo de valentía resistir lo inevitable y negarnos la oportunidad de hacer las paces con nosotros mismos. Esta fase se caracteriza por la retirada y la tranquilidad final. Esto no significa que sea un período de felicidad, es más bien un período de paz, es el momento en el que hacemos las paces con la certeza de la cercanía con nuestra muerte.

Necesitamos tiempo y reflexión para comprender esta nueva realidad y darle un sentido, asumiéndola poco a poco. Estos momentos son aquellos para vivir un día a la vez.

Ante un evento significativo como una enfermedad seria se desarrolla una nueva conciencia del tiempo y su importancia. Se vuelve entonces más urgente buscar una mejor calidad de vida. Vivir bien el tiempo se convierte entonces en una prioridad. La pregunta que surge es “¿Cuánto tiempo me queda de vida?” y no hay una respuesta precisa, toda respuesta será, en el mejor de los casos, aproximada y basada en probabilidades estadísticas.

Lo que está claro en este momento es que nuestra curación es poco probable, y que es nuestra decisión elegir la manera de vivir el tiempo que nos queda. Algunos se preocuparán mucho por la falta de tiempo, y vivirán apurados por ver todo, conocer todo y hacer todo lo que no pudieron hacer antes; desarrollando así una gran insatisfacción porque es una meta no realizable. Otras se bloquearán y se aferrarán al pasado, pues solo verán el futuro desde la perspectiva del sufrimiento. Están interiormente paralizados.

Finalmente, hay personas que van a elegir vivir plenamente el presente, tal como es.  Conscientes de su finitud, apreciarán el tiempo concedido, el único disponible. Se sumergirán en el centro de su Ser para encontrar allí la calma, el silencio y la dimensión de eternidad que los habita.

El tema clave es que tenemos la libertad de elegir como vivir esta última etapa. Es finalmente nuestra vida y nuestra elección. Podemos escuchar a nuestros familiares y equipo de salud, pero el poder de decisión es nuestro. Este tiempo concedido es ahora más importante que aquel que hemos vivido. Pese a la creciente debilidad de nuestro cuerpo, este tiempo puede ser el más importante de nuestra vida.

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