CUENTO: EL CAPITÁN CHOCOLATE

Toda enfermedad es un mal físico.

El cáncer es una grave enfermedad y, por tanto, un gran mal.

Cuando lo padece un niño es un inmenso dolor para sus padres.

Sin embargo, si se encuentra el sentido que la enfermedad esconde, puede traer consigo bienes espirituales para el enfermo, para su familia y para toda la humanidad.

Este cuento narra el truco de una mamá con el fin de que su hijo dé sentido a su leucemia.

Lo ayuda a tomar su triste situación como si fuera un juego, y allí el pequeño descubre que el valor de su enfermedad está en amar y hacer el bien a los demás.

El dolor es incomprensible sin la trascendencia: creer que hay una vida después de la presente nos permite tener esperanza.

El fundamento del artificio materno está en la respuesta a la última pregunta que le hace su hijo.

Seguro ella le había hablado antes muchas veces de ese lugar y de la persona que habita allí.

Por eso el pequeño encuentra la paz.

(Esta narración es solo una ficción literaria, no un camino psicológico para abordar el cáncer infantil. Está orientado a lectores adultos).

La mujer, nerviosa, chasqueó los dedos al salir de la consulta. Le brillaban los ojos.

–¿Qué ha dicho, mamá? –le preguntó su hijo. Ella rebuscó algo en la cartera para ganar tiempo.

–Ha dicho…, ha dicho –respondió aclarándose la garganta, y esforzándose por sonreír y suavizar su semblante– que eres muy valiente. Me explicó que solo algunos niños de seis años, los más valientes, son seleccionados para participar en un programa espacial. El rostro pálido y ojeroso del pequeño se iluminó.

–¡Un programa espacial! –Sí –dijo su madre acariciándole el pelo de rizos rubios y rebeldes–.

Me explicó que, a esos niños escogidos, los más valientes –repitió otra vez–, la naturaleza los trata duro, porque permite que algunas de sus células buenas se alteren… El niño miraba asombrado.

–¿Qué es una cédula? –preguntó. –Célula, no cédula –le dijo su madre–.

La cé-lu-la es… –se vio en aprietos por el complejo concepto que tenía en mente, por eso carraspeó e intentó una explicación más sencilla–.

Si dividiéramos nuestro cuerpo miles de millones de veces quedarían las células. Son seres vivos pequeñísimos que están muy cerca unos de otros, por eso se van multiplicando… El chico la miraba con ceño sesudo.

–¿Y qué pasa en las células de los niños valientes? –preguntó curioso.

–Que comienzan a pelear células buenas con otras células malas que son sus enemigas. Por eso pierden las ganas de comer, se cansan mucho, a veces les da fiebre o les cuesta un poco respirar…

–¿Y por qué les pasa eso? –dijo el pequeño.

–Porque esas células malas saben que ellos tienen capacidad para ir al espacio, ver todo desde arriba y hacer un gran bien al mundo desde allá. Y por eso quieren eliminarlos. El niño frunció el ceño.

–¿Y yo soy uno de los elegidos para ir al espacio? –preguntó abriendo bien los ojos, con gesto de ilusión. La mujer giró la cara hacia la pared, para ocultar el llanto que luchaba por contener, y le respondió con un sí trastabilleante.  Luego de pronunciar el monosílabo no pudo dominarse, y el pequeño vio cómo le corrían dos gruesas lágrimas por las mejillas.

–¿Y te da pena de que vaya al espacio? ¿Por eso lloras? –le preguntó.

 –¡No! –dijo ella recomponiéndose–. ¡Es la emoción! Serás mi primer hijo en viajar allí. Estoy muy orgullosa de ti. El chico se frotó sus manos amoratadas, pensando que iba a ser como los protagonistas de las películas que veían sus hermanos.

 –¿Y hay que llevar casco y traje de astronauta?

–Eso al final –le respondió su madre–.

Antes debes hacer un entrenamiento que solo los niños más valientes pueden realizar. El pequeño apretó los dientes y se contoneó, con una mezcla de temor y deseo, mientras su madre proseguía:

–Te van a tomar muestras de sangre y te inyectarán algunas sustancias alimenticias para robustecerte; a veces te dormirán para que tu cuerpo se fortalezca más rápido; te pedirán hacer ejercicio, aunque estés muy cansado… ¡Porque viajar en una nave espacial es un gran desafío! Tendrás que entrar varias veces en una cápsula espacial, atado a una camilla con varios cinturones, y oirás ruidos fuertes, pero no debes asustarte, es parte de tu preparación; y, además, es todo muy seguro… Los ojos del pequeño brillaban con un destello de emoción.

–¿Y tú me acompañarás? –le preguntó.

–Sí, por supuesto –le respondió su madre.

 –¿Y papá?

–¿Papá?… –dijo ella volviendo a carraspear–. Papá está de viaje desde hace mucho tiempo y no estoy segura de que alcance a llegar… Pero le avisaré de que comienzas tu instrucción para ir al espacio.

 –¡Sí! –exclamó él–. ¡Dile que voy a ser su primer hijo astronauta!

Al llegar a casa la madre dijo al chico:

–Ahora debes ir a tu habitación y mirar en tu armario si hay ropa que te pueda servir para el entrenamiento.

–¿Cuándo comienza? –preguntó el pequeño.

–Me han dicho que mañana, en una zona donde se mata a las células enemigas. Tendrás que pasar allí día y noche. Te entrenarán especialistas. Hay un experto para cada cosa: la que te dará de comer se llama dietista; el que se preocupa de tu acondicionamiento físico, kinesiólogo; el encargado del armamento, quimioterapeuta; el que se ocupa de filmar y fotografiar, radiólogo; y hay muchos tecnólogos ocupados de la nave espacial y los motores. El chico quedó tan confuso con esos nombres extraños que no supo qué decir. Solo pensaba en el armamento, porque le recordó otra vez las películas que veían sus hermanos.

–¡Vamos! –le dijo su madre tocándole el hombro para liberarlo de su sorpresa–

¡Tienes que ir a elegir la ropa! Mientras el chico rebuscaba en su armario, la mujer reunió al resto de sus hijos para comunicarles la triste noticia y hablarles de la «operación espacial».

Los hermanos subieron a la habitación del pequeño y lo abrazaron mientras le decían:

–¡Al espacio! –¡Qué increíble! –¡Qué suerte hacer ese viaje tan joven! –¡Puedes llevarte mi cámara para enviarnos fotos! –¡Y tan pronto! ¡Mañana!

El chico estaba feliz, pero tan cansado que apenas sus hermanos lo dejaron se durmió, medio cuerpo en el suelo y el resto apoyado en la pared.

Su madre lo recogió, lo recostó sobre la cama y lo tapó. Se quedó mirándolo mientras se secaba las lágrimas que brotaban copiosas. Sus ricitos rubios aglutinados y pegados a la piel por la traspiración, su boquita gruesa y su menuda nariz le inspiraban una tristeza infinita. El pobre dormía contraído por el dolor, por esa maléfica dolencia que le robaba la vida y toda su energía infantil. La mujer miró el reloj y vio que era mediodía. Lo despertó con un beso.

–Es hora de almorzar –le dijo. El pequeño se desperezó y le contestó:

–No tengo hambre, tengo ganas de vomitar. Ella no quiso forzar.

–Está bien –le dijo–, pero mañana comerás, en tu entrenamiento te darán comida especial para el espacio. Tienes que estar fuerte, porque allí no hay gravedad, y es necesario agarrarse a la nave con manos y pies para no girar y marearse.

Pero el chico ya estaba mareado, le asustó la palabra «gravedad», y se abrazó a su madre. –No quiero marearme en el espacio –le dijo–, te hace sentir muy mal.

Ella apretó la cabecita del pequeño contra su pecho, desconsolada, porque sabía que, mientras su corazón latía fuerte, el de su hijo se apagaba inexorable. Al día siguiente la mujer se acercó a la habitación del niño con la pena de tener que dejarlo partir.

–¿Cómo has amanecido? –le preguntó mientras abría las cortinas–. ¿Preparado? Él se sentía bien.

–¡Sí! –le respondió dando un salto en la cama–. Tengo que elegir un nombre… Me gustaría llamarme… «Capitán Chocolate».

–¿Capitán Chocolate? –exclamó la madre sorprendida y sonriente–. ¿Por qué ese nombre? –Porque me gusta el helado de chocolate, y cuando esté en el espacio quiero tirar chocolates a la tierra y así alegrar a todos sus habitantes. La mujer rio de buena gana.

–Me parece estupendo –le dijo besándolo, y agregó–: ¡Mi valiente Capitán Chocolate!

El pequeño se duchó, desayunó y salió con su madre hacia el lugar de entrenamiento.

 –Espera un momento, que voy a hablar con el jefe de la misión –le dijo ella en la sala de espera. El pequeño asintió expectante.

 –¿Cómo se llama? –le preguntó antes de que se alejara.

–¿Quién? –respondió la madre–, ¿el jefe o la misión?

–Los dos –dijo el chico inocente.

–La misión se llama… «Misión Leucemia» y el jefe es el «Doctor Trautmann».

El chico, emocionado, dio un salto en el asiento y dijo: –¡La gran Misión Leucemia del Capitán Chocolate y el Doctor Trautmann!

–¡Eso! –dijo la madre besándolo y tranquilizándolo. La mujer se reunió con el doctor y lo puso al tanto del artificio y sus detalles. El viejo médico no pudo evitar sonreír al comprobar el ingenio materno, aunque conociera como ella el estado crítico del pequeño. Aun así, se lo quiso corroborar.

–Avisaré a mi equipo –le dijo–. Pero haga el favor de no olvidar que es un caso de leucemia linfocítica aguda y letal. Su hijo está muy debilitado y este tratamiento es la última esperanza. Por sus síntomas tiene pocas posibilidades… La mujer respiró profundo y asintió.

Al regresar a la sala de espera el chico le dijo: –Mamá, tengo un grito. –Puso su boca en forma de «O» y berreó con simpática armonía, levantando un brazo como Superman–: «¡Misssiónnn Leuuuuceeemia!».

Su madre se ruborizó con una mezcla de complacencia y vergüenza, y le hizo ver que en la sala había más gente y ninguno de ellos debían conocer su desafío. El chico se tomó tan en serio el secreto que se volvió taciturno de golpe y porrazo.

–Ahora debes entrar –le dijo su madre–. Aquí está la encargada de recibir a los candidatos del centro de entrenamiento aeroespacial. Se llama Lorena.

–Hola, jovencito –dijo ella amablemente, mientras le tendía la mano.

–Hola –respondió él, y luego dirigiéndose a su madre le preguntó–: ¿Por qué se parece tanto a las enfermeras?

Las dos mujeres sonrieron. –Porque deben cuidar normas estrictas de salubridad e higiene –respondió su madre.

El pequeño no entendió ninguna de esas palabras, salvo cuidar; sin embargo, le parecieron solemnes e importantes.

–Te vendré a ver por la tarde –le dijo su madre estrujándolo con un beso y sin querer soltarlo, hasta que Lorena hizo un gesto y dijo: «Señora…».

El pequeño entró y lo llevaron a una habitación que tenía juguetes, cuadros y láminas, aunque no tantos como la suya… Le quitaron la ropa y le pusieron un camisón ligero.

–Es como el que usan mis hermanas –dijo.

–No –respondió Lorena divertida–, es el que se usa en los entrenamientos espaciales. El chico le creyó, por eso esbozó una sonrisa; pero se sentía muy cansado y se le cerraban los párpados. A pesar de hacer esfuerzos para no dormirse se le nublaba la vista. De pronto le pareció ver junto a su cama la figura de un hombre muy grande, vestido con una bata celeste, una mascarilla del mismo color y un extraño sombrero.

–Hola –le dijo el hombre con voz grave–, soy el Doctor Trautmann, jefe de la Misión Leucemia.

–Hola –respondió el chico con la boca traposa–, soy el Capitán Chocolate. Luego no recordó nada más. Despertó cuando lo movieron para decirle que le harían una prueba en la cápsula espacial. Le explicaron que tenía que entrar solo y que lo iban a amarrar con un par de cinturones, porque al espacio había que viajar con la máxima seguridad. Le advirtieron que esta vez no saldría de la atmósfera y que no vería nada más que el cielo de la cápsula. Debía mirar fijamente a una lucecita azulada a la altura de sus ojos.

–Es una pena que la cápsula de entrenamiento no tenga ventanas –le dijo un hombre joven.

 –¿Quién eres? –le preguntó el pequeño.

 –Soy el tecnólogo de cápsulas de entrenamiento espacial –le respondió.

A él le pareció muy importante el nombre, pero no fue capaz de retenerlo.  

–Señor teólogo –le dijo–, ¿cuánto dura el vuelo? Había oído una vez esa palabra a su abuela.

–Unos veinte minutos –contestó el joven ocultando la risa.

La camilla comenzó a desplazarse dentro de la cápsula y el pequeño musitó (no tenía fuerzas para más) «Misssiónnn Leuuuuceeemia»… Pero lo hizo sin armonía; y tampoco pudo, como hubiera querido, levantar su brazo. Una vez dentro experimentó que le dolía todo el cuerpo, pero no le dio importancia, porque pensó que a los astronautas les pasaba lo mismo. Sintió dificultades para respirar, le faltaba el aire, sin embargo, le pareció lógico que en el espacio no hubiera tanto oxígeno. Volvió a marearse, todo le daba vueltas, y supuso que a todos los astronautas les había pasado algo así. Por fin acabó el vuelo. Salió tan agotado que, si le hubieran pedido que se pusiera de pie, no hubiera podido hacerlo. Se sentía ligero y débil como uno de los pañuelos de papel de la cartera de su madre.

Poco después, ya en su habitación, vino otra mujer y le dijo que se llamaba Carmen. Era la encargada de los analgésicos y vitaminas. Le advirtió que sentiría un pellizco en el brazo porque necesitaba conectarle una vía intravenosa, no debía sentir miedo.

Al pequeño la aguja le pareció inmensa y se asustó. Miró para otro lado apretando los dientes.

Luego del pinchazo Carmen le dijo: –Ves que no era para tanto.

Él se sintió más aliviado, pero al volver la vista y ver que la aguja seguía dentro de su piel, se intranquilizó mucho.

 –¡Señorita Carmen! Se quedó puesta la vía intrusa –le gritó.

Ella sonrió, se acercó, le acarició el brazo y luego la cara, y le dijo: –La vía intravenosa se queda ahí, como una intrusa a la que vamos a considerar amiga, porque te va a alimentar y a llenar de sustancias que te ayudarán a evitar el dolor. No olvides que tu misión es muy importante y solo para niños valientes. Al pequeño le parecieron muy razonables esas palabras y sonrió confiado.

Más tarde llegó la comida. El muchacho que traía la bandeja le quitó la tapa delante del chico, a quien se le escapó un «¡qué asco!» con ojos desilusionados.

El joven le explicó: –Estamos de acuerdo, no es hamburguesa ni asado; tienes razón, es comida cocida y sin aliño. Se trata de una dieta de alimentos especiales. No tienen el mismo sabor que los de tu casa porque son adecuados para la vida espacial. Fortalecerán tu organismo y protegerán tu sistema inmunológico. Te harán fuerte. –Le mostró bromeando los bíceps–. Los ha seleccionado la dietista para ti.

–Si los ha elegido la dentista, entonces los comeré para fortalecer el sistema «inmundológico» –dijo el pequeño. El muchacho lanzó una estrepitosa carcajada. –¡Vengan acá esos cinco! –le dijo– ¡Tú sí que eres grande!

El chico se sintió muy orgulloso. –Estás hablando por hablar –agregó el muchacho haciéndole un guiño porque no has visto el postre. El pequeño abrió los ojos como platos. –¡Helado de chocolate! –gritó cuando destapó el recipiente.

Mientras lo comía repetía lleno de ánimo, con hermosa armonía y levantando los dos brazos con riesgo de manchar las sábanas con la cuchara: «¡Misssiónnn Leuuuuceeemia!». Pasaron días, semanas o años…, el chico no lo sabía. A veces estaba despierto, otras dormía; a veces tenía ganas de jugar y otras se acercaba Carmen para inyectarle una sustancia misteriosa que lo hacía soñar e incluso no saber si existía; a veces abría los ojos y su madre estaba a su lado, otras solo veía el reloj de pared con su tedioso tic-tac y sus autitos de juguete; a veces notaba que el Doctor Trautmann lo examinaba moviéndolo para todos lados, otras se sentía rígido como una piedra; a veces lloraba y muy pocas veces reía…

Una mañana fue al baño y se vio en el espejo. Comprobó lo que temía. ¡No tenía pelo! Ignoraba por qué lo había perdido. Se veía tan raro. «Al menos no necesito champú –se dijo–, se lo regalaré a mi hermana cuando venga».

Le preguntó al Doctor Trautmann apenas lo vio.

Él se acercó a su oído y le dijo con voz suave y solemne: –Es por el casco. La cabeza se recubre con una tela incombustible y sobre ella se pone el casco de astronauta.

El pequeño asintió como si le pareciera evidente. –¿Y dónde está el casco y la tela incompatible? –preguntó. Oyó unas risas iguales a las de Papá Noel.

–Están en la fábrica en este momento, ya llegarán…, ya llegarán –respondió el Doctor Trautmann.

Y el pequeño se durmió. No sabía por qué el jefe de la misión le infundía tanto sueño. Un buen día abrió los ojos y vio a su padre.

 –¡Papá! –gritó.

–Hijo –respondió el hombre desde el dintel de la puerta.

–¿Por qué mamá no está contigo?

Hubo un largo silencio, mientras el niño miraba expectante.

–Verás…, en fin… –dijo el hombre cariacontecido. El pequeño no podía comprender que no vivieran juntos.

–Papá, mi misión es muy importante –le dijo–. Me estoy preparando para ir al espacio en la Misión Leucemia. Soy el Capitán Chocolate. ¿Y sabes? Cuando esté allá voy a lanzar chocolates de regalo a todo el mundo, con distintas formas, la que a cada uno le guste. A ti y a mamá les tiraré uno solo… ¡muy grande! Su padre no dijo nada, solo asintió.

El chico le dijo: –Pregúntale a mis hermanos cuáles son sus chocolates preferidos, pero no les digas nada más, quiero que sea una sorpresa. El hombre volvió a asentir, mientras se despedía.

Un día el pequeño despertó con la vista nublada, sentía mucha sed y dolores en el cuerpo. Vio difusa y lejana la imagen del Doctor Trautmann, le pareció que movía los labios y le decía:

–Pequeño, hoy es el día del gran vuelo. Prepárate para abordar la nave espacial.

Él intentó moverse y llevar su mano a la frente como un buen militar, pero no pudo. Giró la cabeza y vio a su madre a su lado, y a sus hermanos tras un cristal. Ella lo acarició y le dijo: –Buen viaje, hijo mío. Él estaba orgulloso, a pesar de los terribles dolores que sentía. Le dieron ganas de responder: «A sus órdenes, soy el Capitán Chocolate», pero no podía.

–Nosotros viajaremos en un tiempo más –le dijo su madre.

Él movió los párpados para demostrar que esperaría su llegada. Entonces volvió a escuchar la misma voz, sin estar ya seguro de quien sería.

Decía: –Nave en plataforma de despegue. Y notó que comenzaba la cuenta regresiva: Diez – nueve – ocho (eso oía él, y se preguntaba si los demás escucharían lo mismo; suponía que no, porque la suya era una misión secreta).

Se sintió inquieto, quería decir algo a su madre antes de partir.

Siete – seis… Reconcentró todos los sentidos y pudo hablar con un hilo de voz:

–¿Por… qué… es mejor… ir al espacio? –le preguntó.

La cuenta seguía su marcha.

Cinco – cuatro… Estaba nervioso, asustado.

–Porque allí está el Cielo, allí vive Dios –le respondió su madre. Tres – dos… Y cuando estaba a punto de despegar distinguió a su padre junto a ella.

Uno… Y vio que su padre la abrazaba y se fundían las lágrimas de los dos. Y cuando se oyó el cero, el chico musitó un suave y alegre:

–Adiós.

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Becky Jabbaz
Becky Jabbaz
18 days ago

Historia maravillosa, muy profunda!!