Biografía

Javiera SuarezMayo 2016
En mis 33 años, no recuerdo haber tenido un mes más intenso que éste. Siento como si un tsunami hubiese pasado por encima de nosotros. A veces despierto y pienso que fue una pesadilla, pero el poroto de siete centímetros que tengo en la pechuga izquierda y el catéter que está debajo de mi clavícula al lado derecho, me confirman que es real. El cáncer de melanoma o de piel, que tuve hace siete años, nuevamente estaba en mi cuerpo o quizás nunca se fue, pero ahora “algo lo activó”. Ya no se trataba solo de una cirugía como la que me hicieron a mis veintiséis; ahora estaba ramificado en el pulmón, hígado, algunos huesos y pechuga. Sí, del terror. Sobre todo, porque durante estos años, me preocupé de ser matea, de no saltarme ni un chequeo, me cuidé del sol e incluso el año pasado mi dermatólogo me había dado de alta, pues el melanoma del 2009 era muy pequeño, no había comprometido ganglios y la posibilidad de manifestarse nuevamente era alta sólo dentro de los primeros cinco años. Yo llevaba siete, mi piel se veía bien. Mi piel se ve bien, sin embargo ahora el melanoma, uno de los cánceres más agresivos que existe; se había colado por mis venas o mis ganglios y ahora estaba en todas partes. Y, a diferencia de la primera vez, a ratos siento miedo. Porque hoy, con la muerte rondando de forma evidente, tengo mucho más que perder: mi familia.

En octubre del año pasado, me casé con mi príncipe azul. Existe, al menos para mí. Pololeamos 2 años, hasta que decidimos juntarnos para toda la vida. Fue un matrimonio increíble, lleno de amor, amor del bueno, del verdadero. Por eso, desde que conocí a Cristián me dediqué a decretar que ambos moriremos juntos después de que yo cumpla 80 años. Claramente este cáncer quiere estropear mis planes, pero se equivocó de víctima. Hoy soy más fuerte, hoy tengo a Cristián para pasar esta prueba y hoy gozamos de una razón dentro de mi cuerpo que me llena aún más de felicidad. Porque este mes, además de enterarnos que tengo cáncer, también confirmamos que seremos padres. Aún no sabemos qué sexo es, pero lo llamamos Pedrito Milagros y es nuestra fuente de energía.

No tengo idea si el cáncer está en mi cuerpo hace poco o desde aquella primera vez. En febrero de este año me había hecho un papanicolau y una ecografía mamaria como parte de los chequeos anuales que toda mujer debe hacerse, sobre todo, teniendo en cuenta que luego con Cristián queríamos ponernos en campaña. Ambos salieron perfectos. Dos meses después, una pelota apareció en mi pechuga izquierda. De inmediato pensé que era cáncer de mamas. Fui ese mismo día a mi ginecólogo quien me calmó diciendo que lo más probable era que fuese un quiste o fibroadenoma (ya tenía antecedentes de ambos) y que era típico en mujeres que dejaban de tomar anticonceptivos. Me relajé y tal como lo había anticipado un test de embarazo que me había hecho hace unas semanas, el ginecólogo nos confirmó que estábamos esperando guagua. Así de rápido, así de fácil. ¡Qué felicidad!

Fue un momento maravilloso y hasta ahora agradezco que haya sido de inmediato. No sólo por el estrés que genera en cientos de parejas el hecho de no poder tener un hijo, sino porque si no hubiera sido por mis planes de tener a Pedrito, probablemente el cáncer seguiría ramificándose silenciosamente dentro de mí. Aunque no está comprobada la relación con los melanomas, existen algunos tumores que son hormono dependientes. Yo había dejado de tomar pastillas y luego había quedado embarazada; justo ese mes apareció el poroto en mi pechuga. ¿Coincidencia? Puede ser. Yo prefiero llamarlo parte del milagro.

Ese lunes salimos del ginecólogo con ecografía en mano y una orden médica para hacerme otra imagen mamaria y definir qué era lo que estaba en mi pechuga. Me dieron hora para el viernes. Entré confiada y salí con el alma en un hilo. Una doctora del Departamento de Mamas de la clínica entró a la sala donde estábamos la ecografista, Cristián y yo. Me palpó las pechugas, las miró, comparó, miró las imágenes y su conclusión fue:

– “Tendremos que hacerte una biopsia, esto puede ser 50/50”, dijo.
– “¿50/50 qué?, ¿50/50 qué?”, repetí mientras sentía un vacío en el pecho.
– “Por como lo veo, porque alguna vez tuviste un melanoma y porque tienes historial familiar (mi abuela materna), puede ser cáncer”.

Ese fin de semana fue siniestro. El lunes me harían la biopsia, y aunque me obligaba a pensar positivo, la mente es el peor de tus enemigos. Traté de hacer una vida normal, pero en el fondo estaba aterrada. Y Cristián, aunque como buen marido trataba de calmarme, yo sabía que también lo estaba. Lloré mucho, me horrorizaba la idea de morirme, de no poder tener a Pedrito, de dejar solo a Cristián, de que mi cuento de hadas y el príncipe azul terminara en “y vivieron felices sólo 8 meses”. Me hicieron una punción en la mama izquierda. Los resultados estarían a primera hora al día siguiente.

Martes am sonó el teléfono, era el patólogo quien llamaba a Cristián para ir a buscar los resultados. Eran malos, lo sabíamos. Cristián es médico cirujano de la misma clínica y el patólogo amigo de él. Era obvio, que si los resultados eran positivos, éste le habría anticipado algo, sin embargo le dijo que se fuera al tiro a la clínica. Yo estaba lista para irme al canal a grabar, sin embargo no pude. Llamé a mi jefe para avisarle y partimos a conocer la verdad. Estaba aterrada, desesperada. La incertidumbre mata.

Mientras Cristián iba a juntarse con el patólogo, yo esperé rezando en la capilla de la clínica. Entre Aves Marías y Padres Nuestros, le rogaba a Dios para que no fuera nada. Decretaba que fuera un quiste. Recuerdo que lloré mucho. Tenía un mal presentimiento. No me equivoqué. El diagnóstico fue cáncer, 99.9 por ciento secundario del melanoma. Abracé a Cristián y lloramos. Él me hizo mirarlo fijamente a los ojos y me dijo que estuviera tranquila, que juntos íbamos a dar la pelea, que este cáncer no nos iba a ganar y que saldríamos adelante. Hasta que exploté y grité desde mi alma “yo lo único que quiero es estar contigo, yo no me quiero morir”.

Desde ese momento, Cristián dejó de ser médico y se convirtió en paciente junto conmigo. Ambos manejaríamos la misma información y ambos estábamos con cáncer. Ésta era una prueba difícil, pero juntos y movidos por el amor la superaríamos. Nos cambiamos de clínica, por tema de seguros. Menos mal, porque si no el tratamiento es impagable. En serio. Entre dermatólogos, oncólogos, resonancias, esperas, incertidumbres, lágrimas y angustias; pasó una semana y media desde que me dijeron que tenía cáncer, hasta que me confirmaron que éste era un melanoma que estaba ramificado en distintas partes de mi cuerpo. Lo bueno, es que no sólo tenía un buen seguro, sino también un marido médico quien, gracias a sus contactos, tanto en Chile como en los mejores centros médicos de Estados Unidos, hizo posible que todo se hiciera rápido. Desde ese primer diagnóstico, pasaron sólo tres días para enterarnos, por medio de una resonancia, que el cáncer era grado IV; y tan sólo seis días después entré a pabellón para que me pusieran el catéter, vía por la cual al día siguiente me estaban inyectando dos fármacos como parte de mi tratamiento llamado Inmunoterapia. No puedo imaginarme el dolor que puede sentir un enfermo de cáncer quien con mis mismos miedos, además no cuente con la atención médica necesaria, ni con los medios para pagar un tratamiento. Yo era afortunada. Si hace 5 años me hubieran detectado estos tumores, me habrían dicho que me fuera para la casa y esperara morirme, hoy, en cambio, había solución.

Cuando a uno le diagnostican cáncer, supongo que depende mucho de la personalidad del enfermo y de la situación en la que se encuentre en ese momento de su vida; lo que define cuál será su reacción. La inmediata es más o menos obvia: miedo, pena, preocupación, incertidumbre, ansiedad; pero yo me refiero a esa respuesta que viene con el segundo respiro… Ok. Tengo cáncer. Ahora ¿qué hay que hacer? Ésta sí que es una pregunta difícil, sobre todo teniendo en cuenta que no sólo existen miles de respuestas, sino que de ellas depende tu vida. Es una pregunta de vida o muerte, ni más ni menos.

Tengo una personalidad bastante racional. Soy estructurada, matea, un poco obsesiva, ordenada, perseverante y obstinada. En su justa medida y en este caso en particular, estas características son mi fuerte. Se necesita de estas atribuciones cuando tienes cáncer, porque no hay tiempo que perder. Desde el minuto en que me entregaron el diagnóstico: melanoma presente en huesos, mama izquierda, pulmón e hígado; muchos cercanos vía whatsapp, mail, Facebook, twitter, instagram, y todos los medios posibles, empezaron a recomendarme distintos doctores, hierbas, santos, terapias y ejercicios que curaban el cáncer.

De la medicina alópata o tradicional, decidimos entre mi oncólogo Mauricio Buroto, Cristián y yo realizarme el tratamiento de Inmunoterapia, un tipo de quimioterapia pero que trabaja revitalizando al máximo tu sistema inmunológico. Así, es tu mismo cuerpo quién ataca los tumores achicándolos y, en el mejor de los casos, haciéndolos desaparecer. Sonaba fantástico, sin embargo al ser drogas nuevas la experiencia es poca, los estudios son recientes y el caso de una mujer de 33 años con un embarazo de siete semanas que le aplicaran estas drogas, único en el mundo. Qué pasaría con Pedrito Milagros, nadie sabía. Sin embargo, todos apostaron a que la guagua no resistiría el tratamiento y moriría tarde o temprano. Todos, menos nosotros.

Se nos presentó la alternativa de abortar, no como la salida más fácil, sino como una opción dado lo complicado del panorama. Mi vida estaba en riesgo y había que tratarme lo antes posible. Quizás muchas mujeres en esta situación habrían optado por interrumpir el embarazo dado la incertidumbre y altos riesgos que significaba todo lo que venía para adelante. Y no las juzgo, al contrario. Con el cáncer no se juega y es entendible querer alejar a tu hijo del peligro. En el caso del melanoma, por ejemplo, existe una alta probabilidad que éste se cuele en la placenta y que la guagua nazca con metástasis. Éste y otros riesgos, muchos de ellos incógnitos, eran los que había que evaluar al momento de tomar una decisión. Nosotros la teníamos clara. No abortaríamos, pero tampoco dejaríamos de hacerme el tratamiento. Nos tiraríamos a la piscina y rogaríamos por un milagro. Tomaríamos el riesgo.

De la medicina homeópata las alternativas eran infinitas, por ello mucho más difícil de seleccionar. Sin embargo, luego de haber leído un montón y de haber evaluado las diversas opciones, dos focos me parecieron fundamentales en el proceso de mi sanación. El primero, tenía que ver con las emociones. La teoría que las enfermedades son causadas por el estrés que generan ciertos temas pendientes que a veces uno cree superados, pero basta escarbar un poco para notar que siguen ahí. La importancia de perdonar y perdonarse. El segundo, estaba directamente relacionado con la alimentación. Nuestro cuerpo es una máquina perfecta, pero si por años le echas el combustible incorrecto es inevitable que ésta se dañe y eventualmente deje de funcionar.

Así, hice un cambio rotundo en la forma de alimentarme. Deje el azúcar, veneno para nuestro organismo, lácteos de origen animal, gluten, frituras, alcohol, cerdo y carnes rojas – salvo en contadas ocasiones-; todos agentes inflamatorios. Tenía que eliminar de mi dieta todo producto ácido, ya que provoca inflamación en el cuerpo y por ello, entre otros factores, uno se enferma. Lo que había que lograr era alcalinizar el organismo por medio de una ingesta principalmente de verduras y frutas orgánicas, lácteos de origen vegetal, legumbres y pescados, entre otros.

Con un cáncer ramificado y los antojos propios del embarazo, asumir que tienes que dejar de comer un plato de gnocchi con salsa boloñesa o privarte de un helado de dulce de leche, es, por decir lo menos, frustrante. Recuerdo que cuando salí de la consulta de un médico especialista en medicina bioreguladora, me puse a llorar mal. Soy de las personas que comer la hace feliz y que disfruta cocinando. Pero ahora, si quería sanarme, tenía que renunciar a ciertos placeres y en este país las alternativas no son muchas y, lamentablemente, comer sano, es caro. No me quedó otra que ponerme a investigar, leer, buscar alternativas para suplir las ansias de algo dulce, averiguar dónde vendían productos sin gluten y sin azúcar y quienes producían frutas y verduras orgánicas certificadas, entre otras cosas.

Me di cuenta que no era la única en esta cruzada. Cada vez que subía una foto a mis redes sociales con alguna receta o algún dato para mejorar la calidad de vida y el funcionamiento de nuestra mente y organismo, mucha gente me lo agradecía. Así nació “LIVEAT, consejos para alimentar tu vida”; una plataforma en la que compartiré mi experiencia estos meses en los que mi cuerpo vive una dicotomía, por un lado tiene este melanoma que puede ser letal y, por otro, está tan activo que al mismo tiempo logró, contra todo pronóstico, formar un ser humano. Pedrito Milagros, finalmente nació de 30 semanas y está con nosotros. Somos padres. Sin embargo, yo sigo con cáncer. Sigo en una montaña rusa entre la vida y la muerte, apostando más que nunca a lo primero. Así sea, así será.